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Con
esta página he querido rendir un homenaje al cómico hispano Cantinflas, el más
injustamente maltratado por los críticos, y demostrar que su capacidad de
improvisación para hacernos reír era ilimitada. A pesar de que sus películas
tenían un pésimo guión y una deficiente realización, su sola presencia
bastaba para llenar la pantalla. Su único problema era que su jerga cómica era
tan rápida, tan incongruente, que nos perdíamos la mayoría de sus chistes. En
este libro, sin embargo, sus mejores diálogos están desmenuzados y son una
muestra palpable de que fue uno de los grandes genios del cine cómico.
Cantinflas
marcó un estilo tremendamente personal y tan ampliamente imitado por otros cómicos
que ha conseguido pasar a la historia del cine con honor y sus habilidades humorísticas
resistir perfectamente el paso de los años. Su sola presencia en la pantalla
bastaba para llenarla y para que la película cobrase interés, a pesar de que
ni la dirección, ni los diálogos, estaban cuidados con esmero. Todo se
confiaba a su buen hacer, a sus monólogos totalmente improvisados de los que
siempre salía airoso y provocando la carcajada más espontánea. Era un
extraordinario actor que daba la impresión de no actuar, de estar rodeado de
amigos a los cuales quería hacer reír sin molestar a nadie.
Durante
su larga carrera cinematográfica tuvo que soportar a ciertos críticos que
siempre se empeñaban en decir que ya estaba acabado, que su personaje se había
adulterado y que se había aburguesado. Pero lo cierto es que independientemente
del director, del argumento y de los escenarios elegidos, así como de los otros
compañeros de reparto, las películas tenían un gran éxito comercial
solamente por él, por Cantinflas, y eso es algo que ningún otro actor del
mundo ha podido lograr.
Despreciado
en su día por los intelectuales y poco reconocido todavía por los críticos
como uno de los mejores cómicos de la historia de cine, Cantinflas marcó una
época y hasta su último filme cosechó grandes éxitos, algo que no le ocurrió
ni siquiera a Charles Chaplin, el cual conoció el fracaso en vida en varias
ocasiones, incluida su última película.
Los
que le conocieron personalmente dicen que era sencillo sin proponérselo. Con
una actitud social, tanto en el comportamiento como en su indumentaria, alejada
de cualquier artificio, era no obstante muy firme en cuanto a mantenerse en sus
convicciones humanísticas.
Aunque
sumamente amable no era persona que se diera con rapidez a la gente, ya que se
le consideraba serio, reservado y, por naturaleza, de pocas palabras, rayando en
ocasiones en la desconfianza. Generoso en grado sumo, pero plenamente consciente
de lo que entregaba y a quién lo entregaba, había conocido la pobreza en su niñez
y en ocasiones sintió muy de cerca el hambre. Por eso, cuando estuvo en la cima del éxito nunca dejó de ser
humilde, quizás porque ello le engrandecía aún más.
El
triunfo no le envileció, ni la gloria le cambió su espíritu, demostrándose
con ello que era un artista superior a la mayoría y un ser humano inigualable.
Cuando le preguntaban si se consideraba un hombre feliz, siempre respondía que
sí, a pesar de sus defectos y a pesar de que pueda tener alguna pena. Decía
que se sentía dichoso de realizar su vida y su destino plenamente, en la medida
de sus fuerzas.
Esa
felicidad que afirmaba tener era cierta, no era un producto que quisiera vender
cara a su promoción, contribuyendo en gran manera a exaltar su carácter y sus
características personales. Había conseguido triunfar a tiempo, por supuesto
merecidamente, y eso es una buena manera de lograr tener un corazón noble, sin
los resentimientos de quien ha sido vapuleado largos años por la incomprensión.
Cantinflas
fue un privilegiado por la vida, un triunfador, pero eso le proporcionó más
admiradores que envidiosos y un carácter exento de rencores y maldad, logrando
conmover en numerosas ocasiones el corazón de los mexicanos. Nunca se convirtió
el triunfo en una droga para él.
El
público se sintió inmediatamente identificado con su filosofía, con su
esfuerzo por aprender siempre, con su afán por mejorar día tras día.
Y
aunque era de naturaleza optimista le hacían fuerte mella los fracasos, las
zancadillas y los rencores de las personas, lo mismo que le dolían los malos
gobernantes o aquellas personas que se enriquecían a base de engañar o robar a
los más débiles o ignorantes. Para desahogarse empleaba en sus películas diálogos
y situaciones en las cuales se criticaba y hasta se ridiculizaba a los poderosos
mezquinos, algo que solamente le permitían a él. Su malicia la caracterizaba
de mil maneras para que no fuese una ofensa directa a nadie, pero
suficientemente explícita para que todos los culpables se dieran por aludidos,
tal era su habilidad para decir lo que quería...sin decirlo.
Su
voz, dulce, poderosa pero sin estruendos, gustaba de captar el ingenio del
pueblo, más que de contar los chistes políticos desagradables que utilizaban
otros cómicos, logrando trasformar su chistes en arte.
Aunque
mucha gente le acusaba una y otra vez de cambiar su personaje original, lo
cierto es que no fue así y siempre conservó su tipo, su "peladito",
aunque se vistiera de ministro, de cura o de pistolero del oeste. Todo ello lo
consiguió sin aburrir, sin repetirse, siendo la mejor prueba de ello es que
desde su primera película hasta la última, fue el artista mexicano más
taquillero de todos.